Julieta Gómez lleva el orto al taller
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El culo de Julieta Gómez parece la punta de un hueso para perros como el que te viene al ver a esta perra. |
Sí vieja, esta es para palo y a la bolsa. Mejor dicho, para bolsa en la cara y palo por el orto. Nah, ni te calentés en hacerle los agujeritos a la bolsa para que respire, porque si le falta un poco el oxígeno al acabar la sensación del polvo le va durar más, como aquella vez que vino a dejar el auto para arreglar y la pistoneaste a fondo. “El mejor sexo lo tuve en un taller” dice Julieta Gómez y pedile que cuando hable te de la espalda, porque como moneda la mina más que cara es seca. “Era una casa muy grande y el dueño tenía un lugar donde
coleccionaba autos y motos” recuerda la olvidable morocha del culo memorable, “fue ahí, entre medio de radiadores, bujías y aceites.” No fue aceite hija de puta, era grasa de litio Grafitoil que como dice la descripción es para trabajos de “extrema presión, con eficiencia de esfuerzos y en altas temperaturas”. Y sí, porque ya estaba recaliente la hija de puta cuando le ordenaste que ponga las manos contra la pared para un cateo tipo policial. “Era un taller pero yo estaba vestida de noche como para ir a una gala” recuerda Gómez, “la verdad fue como una mini película erótica.” Y la guacha obedeció como si conociera el libreto, al toque apoyó las manos contra la
pared y separó las piernas mientras vos le levantabas despacito el vestido como izando la bandera para dar comienzo a la ceremonia de ruptura de orto. Con la excusa de taparle los ojos, le subiste el vestido como para sacárselo por arriba pero cuando el ruedo llegó a la cabeza le hiciste una doble Nelson con la tela para taparle la trucha y quedó perfecta: indefensa, a cara tapada y cola expuesta, parecía como si la mina del clásico almanaque de taller se hubiera materializado sobre la misma pared donde estaba colgado. “En el sexo no me gusta hablar, la charla por favor no” dice Julieta y no miente, porque aquella noche en el taller no dijo palabra alguna, ni siquiera cuando le frotaste la pico de loro por la concha para recordarle que estaba en un taller
y le ibas a pulir bien la rosca. “Hay que estimular las zonas erógenas porque todo lo que causa placer surge de la alteración de los sentidos” teoriza Julieta Gómez luego de la práctica en el taller, “cuanto más excitados están los cinco sentidos, más placer causan.” Será por eso que la turra dejó escapar un quejido de puta a la que se le cae la máscara profesional cuando sintió que tus garfios le llenaban el rosquete de grasa de litio. “Yo a veces voy por lo romántico, con música clásica y todo lleno de olor a vainilla” reconoce Julieta, “pero hay otros días que quiero que me agarren y me violen.” Como en el taller esa noche. Dale, pulile la rosca con la fresadora de carne!
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