Belén Lavallén separa los cantos
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Belén Lavallén dice no entregar la cola, pero esas cachas no mienten: por ahí pasó gente. Mirale la concha en Playboy. |
Belén Lavallén tiene los cantos tan separados que parecen literalmente partidos al medio, pero no prefiere no hablar del tema. “No voy a contestar si me gusta por la cola”, dice la rosarina, “porque es un tema demasiado íntimo”. Pero igual hay algunos detalles que pueden ayudar a explicar ese afortunado accidente geográfico con dos montañas de carne tan separadas que forman una verdadera Quebrada de Lavallén. “Me gustan los juguetes” confiesa la rosarina bien viciosa, “la verdad que probé y me gustó.” Así que es muy probable que ese ancho Valle de Carne haya sido modelado por algún consolador del tamaño de un martillo neumático, pero tampoco descartes que alguien se
haya abierto paso a machetazos de carne sin hueso, porque a la rosarigasina le gustan grandes. “El tamaño es importante, porque una cosita así” dice Belén haciendo gesto de chiquito, “la verdad que no me va”. En cualquier caso, si vas a aventurarte en la Quebrada de Lavallén, andá con cuidado porque escondido entre los dos cantos de carne corre un río de leche formado con los aportes de todos los que subestimaron la profundidad y se fueron en seco en el valle. Son tantos los visitantes que acaban mal en esos carnosos acantilados,
que Belén trata de avisar a los incautos usando una bombachita rosa para marcar el peligroso agujero como si fuera un bache de una calle porteña, pero los pibes igual caen en el pozo. “La cola me la piden seguido, es lo que conquista y físicamente lo que más me elogian” dice Belén como resignada por el sino trágico de su topografía, “y eso que no me cuido la cola, antes trabajaba con un personal trainer, pero ahora hace meses que no hago nada”. Pero a pesar del enorme atractivo turístico de la Quebrada de Lavallén, la rosarina asegura que por ahora no le cobra entrada a los turistas. “Yo nunca cobré por sexo” explica con tono profesional, “es más, siempre que me ofrecen dinero digo que no, porque no me interesa tener sexo por plata, sin placer ni sentimientos.” El turista típico que
explora la húmeda gruta de Lavallén es un flaco de polera, algo que que a la rosarina no le cae bien porque le gustan los pibes más armados. “Mi estilo son los chicos musculosos” dice Belén, “puede que algunos sean gay, pero tienen la piel suave y eso me gusta”. Las constantes inyecciones de leche dañaron el razonamiento de la morocha (concluye que musculoso y piel suave van de la mano) pero todavía distingue entre el corazón y la concha. “Es que el sexo y el amor son cosas diferentes” dice en un ataque de filosofía práctico-petera que abre los cantos al sexo sin compromiso. Igual, en el
complejo turístico no se cobra entrada pero algún requisito pone. “Me gustan los hombres que transmiten seguridad y saben hacerte sentir mujer” dice la petera rosarigasina, “por eso me gustan los hombres de unos 35 años, porque mientras más grandes, más interesantes son, a diferencia de las mujeres que se ponen histéricas después de los 30!”. Se sabe que los gatos se atragantan con los pelos, y la rosarina rosarina no es una excepción. “Soy medio fóbica con el tema de los pelos, porque no me gusta que haya pelitos ni olores” confiesa antes de largar una invitación al pete, “por eso para hacer sexo oral me gustan los hombres sin pelitos”. Andá a rapar al flaco de polera!
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